domingo, 11 de septiembre de 2011

Veronica

Esta es una historia maldita, una historia que, durante mucho tiempo, pasó por leyenda y se fue contando generación tras generación. Una leyenda cuyas consecuencias son a veces imprevisibles y macabras y que desgraciadamente, se repiten una y otra vez. Siempre hay alguien dispuesto a tentar a la suerte, alguien incrédulo, alguien temerario, alguien falto de corazón, que cae nuevamente en el error. Lo que aquí se cuenta es real, triste y peligroso…aunque no es de este mundo.

La leyenda se remonta a hace unos cuarenta años. Ana, era una joven de Galicia que estudiaba Económicas en Madrid. Junto con otras dos chicas del campus alquiló un piso en la calle Valencia, para que los gastos fueran menores.

Durante el tercer curso, Ana suspendió dos asignaturas y sus padres la enviaron durante el mes de agosto de vuelta a Madrid para estudiar. Una noche de verano, en la que estaba sola, tres golpes secos sonaron en su puerta. Ana creyó que se trataba de algún amigo con el que salir a tomarse unas copas, pero no, se trataba de una niña de alrededor de siete años que la miraba angustiada desde el marco de su puerta.
La niña, de hermosos tirabuzones rubios y grandes ojos castaños miró a Ana y le dijo llorosa que se había perdido. Ana, sorprendida y preocupada por la criatura, pensó en llamar a la policía pero, al decirle la niña que estaba en un orfanato y que estaba muerta de hambre decidió esperar hasta después de darle de cenar. Ana la dejó entrar, le preparó la cena y un vaso de leche y le dijo que después iban a ir a la policía. Verónica le rogó que no lo hiciera esa noche pues tenía mucho sueño y quería dormir en su casa; que odiaba el orfanato. A Ana le dio mucha pena la niña y accedió preparándole la cama. Por la mañana temprano, cuando Ana iba a llevarla a la policía, entró en el cuarto y vio que la niña, llamada Verónica, no estaba ya en la cama. Pensó apenada que la niña habría huido al no querer volver al orfanato. Primero, pensó en acudir a la policía pero luego, al darse cuenta que no tenía ninguna información de la niña, desistió ya que, sólo iba a meterse en problemas.
Un año después, en idéntica situación, la niña volvió a aparecer. Parecía que no había crecido nada y a Ana le extrañó muchísimo que la escena volviera a repetirse de forma idéntica. Ana aprovechó la cena para recavar más información a cerca de la criatura. Después de cenar Ana condujo a la niña a la cama y estaba vez la avisó de que no volviese hacer lo de la vez pasada; desaparecer de aquel modo. Al día siguiente, Verónica volvió a desaparecer sin dejar rastro. Ana fue entonces a la policía y dio todos los datos de la chiquilla por si había alguna denuncia de desaparición que cuadrara con Verónica, pero nadie había reclamado la desaparición de aquella niña.
Tras darle muchas vueltas al tema en su cabeza, Ana trató de recordar todo lo que la niña le había contado acerca del orfanato y buscando por la zona llegó al Hospital de San Prudencio. El Hospital de San Prudencio era un hospicio para niños y niñas huérfanos. Allí la madre Sonsoles, le explicó que no tenían ninguna niña desaparecida, ni ninguna huérfana que se ajustara a la descripción que Ana hacia de la niña. Ana se sintió triste y desconcertada. Dándose ya por vencida Ana se dirigió a la salida cuando otra monja del lugar llegó corriendo con una foto y la documentación de dos cursos atrás. Allí estaba la foto de Verónica, tal y como Ana la había visto.
- Sí ¡es ella! – gritó Ana.
Las dos monjas se miraron extrañadas
– Es imposible que viese a Verónica; murió hace dos años. Respondió la madre Sonsoles.
Entonces, Ana pidió a las monjas que le explicaran la historia de la niña. Por lo visto, Verónica había escapado una noche de verano y se perdió. La encontraron al cabo de unos días muerta en la calle por inanición; nadie quiso darle cobijo o de comer.
Aquella noche, Ana estaba triste recodando la historia de Verónica cuando cuatro golpes secos sonaron nuevamente en su puerta. La muchacha asustada observó por la mirilla de la puerta. Allí estaba de nuevo Verónica, con los brazos cruzados y cara muy enfadada.
- Has tardado mucho en abrirme, tengo hambre y sueño - Dijo la niña.

Ana aterrada preparó toda la cena y luego la acostó sin atreverse a preguntarle nada. Tras acostar a Verónica no pudo soportar el terror y la incertidumbre y entró despacio a su habitación. La niña estaba totalmente arropada. Ana retiró entonces la sábana y bajo ella, como un espejismo el cuerpo de Verónica se desvaneció en una nube. Sobre la almohada, con letra infantil y varias faltas de ortografía había una nota "Gracias por la cena, la leche y los dulces, ahora tengo que irme a llevar al infierno a las otras tres chicas que no me dejaron entrar a sus casas."

La leyenda dice que si llaman a la puerta de tu casa con tres golpes secos y encuentras a una niña, dale de cenar y déjala dormir contigo esa noche. De lo contrario, te llevará con ella al infierno.

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