El martes 29 y el miércoles 30 de Noviembre de 1988 cientos de madres sacaban con desesperación a sus hijos de los colegios. Los niños, mirando a sus madres asustadas, se echaban a llorar sin comprender por qué. Habían aparecido los sacaojos. Según algunas versiones eran extranjeros, según otras eran médicos. Lo cierto es que iban a borde de un automóvil secuestrando niños para extraerles los ojos; posteriormente los abandonaban, con el rostro cubierto, un sobre en los bolsillos con una cierta cantidad de dólares y un mensaje de agradecimiento.
Se consignan hasta dos intentos —felizmente sólo intentos— de linchamiento de sacaojos: un grupo de franceses que fueron encontrados por los vecinos del Asentamiento Humano José Carlos Mariátegui cuando recorrían su localidad en una especie de "turismo social" y un grupo de médicos del Instituto de Investigación Nutricional (ONG que capacita a pobladores como promotores de salud) en el Pueblo Joven Atusparia, alturas de Cantogrande.
Pero, aunque el mayor pánico por los sacaojos fue en Pueblos Jóvenes y Asentamientos Humanos, en realidad el miedo recorrió toda la ciudad. Secretarias, estudiantes universitarios y demás miembros de las «clases medias» contaban «casos verídicos» de sus vecinos o de personas cercanas a sus familiares que habían sufrido o que por lo menos habían visto «niños sin ojos» o «velorios de niños sin ojos» (había versiones según las cuales los chicos morían, otras en que quedaban vivos aunque ciegos).

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